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La niña de los ojos de colores de lluvia

Esta no es una historia común, de esas que se leen en libros para niños, incluso tampoco aparece en los libros de adultos, porque esta historia es de una chica que no era niña, no era adulta y mucho menos común. Pues bien, entonces comencemos con la historia, mi historia, cuando Josibel Catijusty del Carmen nació, es decir yo, mi mamá no podía creer que la que tenía en brazos era su hija, puesto que nací con los cabellos rojos, los ojos grises y tan blanca como la leche, y no es que ella no fuera blanca, pero sus 3 hijos anteriores eran de piel y ojos oscuro y su esposo, para no decir negrito carbón, era “tostado por el sol”,  al menos eso decía el, sin embargo ante su cara de duda, la enfermera le dijo “pero si es igualita al papá, mírele los ojos de lluvia” y eso aparentemente calmo a mi madre aunque no sé si ella lo entendió, yo jamás lo hice.

Los años pasaron y yo era todo lo contario a lo que eran mis hermanos, me encantaba bailar, posar en traje de baño, soñaba con la fama, las cámaras y la fortuna, hostigué a mi madre para que me llevara a cualquier audición, de zapatos, de ropa, de jamón, de lo que fuera, y siempre le decían a mi madre, es una niña hermosa, tiene unos ojos bellísimos, a esa edad eran de color azul, pero tiene mirada de lluvia y así no nos sirve, entonces mi mamá y yo nos regresábamos a casa con los sueños empacados en una carterita tejida rosada que todavía conservo. Mi papá siempre decía que ellos se lo perdían, que algún día yo lograría ser lo que quería ser. Se le hinchaba el pecho cuando me llevaba al colegio diciendo que yo era su hija cuando le preguntaban “señor ¿es usted el abuelo?” o cuando le echaban broma y le decían  “¿qué hija tuya va a ser? Si es catira, esa es hija del carnicero” y él contestaba con una gran sonrisa “padre no es el engendra sino el que cría”.

Un buen día, cuando era adolescente, finalmente quedé en un casting de una gran producción en la televisión nacional, grabaría todos los días y tendría un contrato por  1 año, mi mamá estaba feliz y en ese momento mi respuesta al productor, con mis ojos verde claro,  fue “Lo siento señor, creo que ya no me gusta este mundo, es muy plástico y vacío y me sentiría incomoda. ¡Gracias! Pero no”. Mi mamá tenía cara de confundida, llegamos a casa sin decir una palabra, mucho menos a mi padre, quien murió poco después de esa decisión que cambió el rumbo de mi vida. Para esa edad me sumergí en los libros, leía de todo, me encantaban los libros de magia, fantasía y los de espías secretos, me quedaba horas ahí, hasta la madrugada, leyendo e imaginando mundos paralelos, diferentes y comencé entonces a escribir mis propias historias, así logré crearme espacios distintos a los cuales podían escapar siempre de manera muy ingeniosa, lo que me hacía resaltar entre compañeros y profesores, era una excelente alumna y la amiga perfecta que podía siempre unificar criterios entre todo el salón, e incluso instituto.


Llegué a la universidad, la de mis sueños, a la casa que vence las sombras, a aprender de las lenguas modernas y a leer y a escribir en diferentes idiomas, con diferentes estilos. En ese momento era una muchacha espigada, jorobada, con caderas anchas, usaba lentes, lo cuales disimulaban el cambio de color de mis ojos y mi mirada de lluvia, ya mi piel no era blanca como la leche, había adquirido un tono un poco tostado por el sol y ya mis cabellos no eran rubios, lo cual agradezco, nunca me gustó ser rubia, era una chica común, sin ganas ni ánimos de resaltar o ser diferente, había algo que no me dejaba ser totalmente feliz, no me dejaba brillar, cada vez hablaba menos, faltaba más, me volví por algún tiempo en una persona gris, dejé de leer y de escribir por gusto, mis ojos se tornaron marrones opacos, eso dicen, no recuerdo. Así pasaron unos 4 años en un limbo terrible donde debía crear mentiras poco ingeniosas para ocultar mi desgano por la mayoría de las cosas, pensaba siempre en qué podía pensar mi mamá, quien siempre me ha apoyado en todo lo que se me ocurre, una vez más después de tanto insistir y luchar para entrar en algo, dejo pasar la oportunidad, pero simplemente no podía seguir mintiendo más, ni a mí ni a nadie, así que un día llegué a casa y dije las palabras mágicas “tenemos que hablar” La cara de mi mamá fue de felicidad “estas embarazada” (este sería otro cuento, pero la verdad es que es muy largo) y mi hermano solo se sentó a conversar, yo solo dije “Me cambié de carrera, estudiaré para cambiarle la vida a los niños que se les dificulte el aprendizaje. Ya me inscribí” mi mamá brincó de alegría y me dijo “muy bien, siempre lo supe” y mi hermano me contestó “finísimo, montaremos un consultorio” y yo con mi cara de “haberlo sabido antes” de ahí en adelante todo volvió a tener un sentido.

Pasaron 3 años, que a este punto no sé si largos o cortos, el hecho es que por fin veo cómo voy culminando paso a paso esa “puntada” que un día me dio por ser psicopedagoga y que hoy por hoy me ha brindado tantas satisfacciones. Volví a reír, a ser ocurrente, a conversar libremente con amigos, con la gente en las camionetas y esquinas, escribo por y con placer y leo historias inspiradoras; descubrí que todavía esa niña saltarina y risueña, que soñaba con ser famosa vive en mí, pero con ganas de actuar en otros escenarios, donde lo que importa son mis ganas de brindar sonrisas y alegrías  y no si mis ojos finalmente son grises, azules, verdes o marrones, y mucho menos si son de lluvia o no.

         Y colorín colorado, este cuento no se ha terminado, todavía faltan muchos soles y muchas lunas, pero mientras tanto come pan con aceituna.

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